Hay personas que cuidan un jardín por distracción. No saben que están haciendo algo con su sangre al mismo tiempo. Cuando las manos tocan tierra, algo cambia dentro del cuerpo. No es metáfora. Es biología medible. La inflamación crónica es como una alarma de incendio que suena sin que haya fuego. El cuerpo vive activado, en alerta constante, produciendo sustancias que desgastan órganos, articulaciones y vasos sanguíneos sin que la persona lo sienta. Con el tiempo, ese estado silencioso daña la salud desde adentro. Jardinear interrumpe ese ciclo de tres maneras que pocas personas conocen. Primero, el contacto físico con la tierra expone al sistema inmune a microorganismos del suelo, especialmente uno llamado Mycobacterium vaccae, que activa células del sistema de defensa del cuerpo y reduce las señales de alarma inflamatoria. El cuerpo, al reconocer esas bacterias naturales, baja la guardia de una forma saludable. Segundo, el movimiento repetitivo de jardinear, agacharse, cortar, r...