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Antonio Valenzuela, fisioterapeuta: "El nervio vago conecta todos los órganos de nuestro cuerpo y nos lleva a la calma"

Una vida serena arranca con rutinas sencillas y este especialista es la prueba de que podemos conseguir un gran nivel de relajación con pequeños gestos.



Respirar mejor, cuidar la luz de casa y tocarse la cara con cariño pueden parecer detalles menores de la rutina doméstica. Para Antonio Valenzuela, fisioterapeuta con más de 20 años de experiencia y máster en psiconeuroinmunología, son la puerta de entrada a un hogar que baja revoluciones. El autor de Estimula tu nervio vago defiende que ese gran cableado que recorre el cuerpo “nos devuelve a la calma tras un evento estresante” y que su activación diaria puede notarse en el sueño, la digestión y el dolor. ¿Por qué importa en clave de hogar? Valenzuela recuerda que el vago “nace en el tronco del encéfalo, baja por el cuello, se ramifica por la cara, pasa al tórax y llega al intestino”, un mapa perfecto para diseñar rutinas de bienestar en casa: desde luces cálidas por la noche hasta masajes faciales o respiración diafragmática en el sofá. “Cuando el vago está activo, la acetilcolina frena el corazón, relaja la musculatura y nos coloca en ese estado de flow creativo y sereno”, explica.

Valenzuela sugiere elegir una franja diaria —mejor antes de acostarse— para transformar la vivienda en un pequeño santuario: bajar la intensidad de las lámparas, cambiar el foco blanco por tonos ámbar, apagar pantallas, poner música tranquila y encender un difusor de lavanda y salvia. “El vago se despliega en un entorno de calma”, apunta. Ese ambiente prepara al sistema nervioso para el sueño reparador que, a su vez, reduce irritabilidad y carga inflamatoria. Además de la estética, el skincare consciente tiene un efecto nervioso. Con las yemas de los dedos, recorrer cejas, pómulos, mandíbula y cuello durante dos o tres minutos: “Tocar la cara con cariño estimula el vago; los masajes faciales mejoran la calidad del sueño”. Precaución con el lateral del cuello —advierte— porque una presión excesiva puede provocar mareo por sobreactivación vagal.

Crisis nerviosa, ruido que desborda o mente acelerada: agua fría en la cara. Valenzuela lo describe como un “reset inmediato” gracias al reflejo trigémino-vagal: el corazón baja pulsaciones y el cuerpo sale del modo alarma. Completar con tres respiraciones nasales profundas hacia el abdomen y soltar el aire más lento por la boca. “Es una estrategia potentísima; lo difícil es acordarse justo cuando aprieta el estrés”, concede.

 Respirar como si el salón fuera un gimnasio de calma

El patrón que propone para el día a día es sencillo y se puede hacer sentado en la mesa del comedor o tumbado en la alfombra: inspirar por la nariz, llevar el aire al abdomen (no al pecho) y prolongar la exhalación. Tres a cinco repeticiones bastan para notar cambio. En episodios de ansiedad, añade sacudidas suaves de brazos y piernas: ese pequeño movimiento descarga “la sobrecarga simpática” acumulada. En una casa amiga del vago, menos luz azul por la noche, textiles que invitan a tocarse y relajarse (cojines, mantas de peso ligero), sillas que favorezcan una postura abierta y muebles que despejen el paso para estirarse sin obstáculos. La postura importan: hombros hundidos y cuello adelantado “atrapan” el nervio a su paso, dificultando que nos saque del estrés. “Si el vago pierde fuerza, el sistema simpático se dispara”, resume. La conexión intestino-cerebro convierte la despensa en aliada. Valenzuela propone reducir ultraprocesados y apostar por alimentos que miman la microbiota. Cita el kéfir —“rico en moléculas que estimulan el vago y ayudan a centrar el foco”— y las infusiones de salvia (“una o dos al día pueden favorecer la regulación nerviosa; en la mujer, además, apoyan el equilibrio hormonal”). Comer en calma, sin pantallas y con gratitud, activa la digestión parasimpática.

La banda sonora del hogar también cuenta. Valenzuela observa que los ritmos tribales o chamánicos inducen estados analgésicos y favorecen la relajación. “Escuchar tambores baja el dolor”, apunta, citando intervenciones en las que respiración y música amplifican la claridad mental. No hacen falta horas: cinco minutos tumbados con cascos pueden bastar para “aclarar la niebla” antes de dormir. El hilo conductor de su propuesta no es maximalista, es cotidiano. “Cada vez que nos estresamos nos inflamamos; si no logramos desestresarnos, no podemos desinflamarnos por mucho omega-3 o proteína de calidad”, recuerda. Por eso pide coherencia: acostarse a una hora razonable, reservar un pequeño ritual nocturno y dejar que la casa haga su parte. “El nervio vago, ese gran espía del cuerpo, nos avisa y nos frena. Si le damos espacio en nuestro día a día, la calma vuelve.”

Fuente:  El Confidencial

15/09/2025 - 15:34 


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